26/11/2007
Invisile
(De: "El juego de la invisibilidad")
Sí, señor. Toda mi vida he querido llegar a esta situación; he soñado con esto desde que tengo memoria, tal vez incluso desde antes de haber nacido, como si hubiera sido predestinado para alcanzar una meta de tal magnitud.
Ya sé. Seguramente la gran mayoría de los seres humanos habrá cavilado alguna vez acerca de esta posibilidad, pero la diferencia que existe entre mi humanidad individual y la de todos los demás, es que mis razonamientos y mis desvelos fueron siempre verdaderamente serios.
Y claro, como supondrán, pasé por los muchos estadios del razonamiento que se puedan imaginar. Sí, me he planteado en su momento cada una de las hipótesis que cualquier otro haya barajado. Y sí, también me permití fantasear. Y sí, también planeé alguna que otra maldad, de esas que quedan en nada, ya por falta de oportunidad, ya por la simple pérdida del entusiasmo. Porque, créanlo o no, cuando se llega a donde yo, esos menesteres pierden todo el sentido y ya no entusiasman.
Recuerdo que cuando era un crío, solía esconderme en los rincones más oscuros e inaccesibles de la casa, para sorprender a mi madre. ¡La de sustos que le habré dado a la pobre…! Saliendo a veces de debajo de la mesa, o del interior de un placard, incluso de dentro de la bañadera, de detrás de las cortinas, o de la cucha del perro… Por entonces yo estaba plenamente convencido de que era un pasatiempo de lo más divertido, pero desde que mi padre me hiciera cambiar de opinión con esos mudos y particularmente convincentes argumentos que sólo a los padres se les concede emplear con los niños —eso sí, siempre y cuando estén bien justificados, condición que se da en la en la gran mayoría de las oportunidades—, comprendí que aquello no era otra cosa que esconderme, y que en realidad nada tenía que ver con mi fin último, que era, y como no, el de hacerme invisible.
¿Pero cómo hacerlo, realmente? ¿Podía idearse una fórmula química que volviera a la materia por completo transparente? Y nótese que hablo de fórmulas químicas y no mágicas. Porque no creo en la magia, sino más bien en la casualidad. Pero eso no viene al caso ahora.
El caso es que, de ser posible, cabía pensar en dos tipos de materia a invisibilizar, la orgánica y la inorgánica, lo que implicaba a su vez una fórmula de la invisibilidad para cada una de ellas. Enseguida relegué en la lista a lo inerte, porque ¿de qué podía servir la ropa invisible, si todo mundo podría ver el cuerpo desnudo de quién pretendiera cubrirse con ella?
“Muy bien”, me dije, primero había que hacer invisible al hombre, pero, ¿cuáles eran realmente las ventajas de poseer un cuerpo completamente transparente? En un principio la transparencia por si sola me convertiría en una suerte de prisma que andaría por ahí descomponiendo la luz, llevando consigo, en vez de sombra, un arco iris. Entonces la invisibilidad no era la mera falta de color. ¿Y qué gracia podía tener andar desnudo por esta ciudad, cagándome de frío y siendo atropellado por gente que no me puede ver? Y además, aunque mis ropas y yo fuéramos invisibles, todo lo que pulula por ahí, se adheriría a mi persona y delataría mi presencia; la mugre en la suela de los zapatos, el humo, el polvo, la lluvia, incluso lo que pudiera ingerir —lo que, dicho sea de paso, sería una asquerosidad con mayúsculas—, ¡cualquier cosa, todo, qué joder!
Para ser realmente invisible entonces, había que invisibilizar el mundo entero. Y listo, fin de la discusión, fin del sueño.
O no.
Porque no me di por vencido, y comencé a barajar otras posibilidades, tales como que para no tener que padecer las inconveniencias de pertenecer al mundo corpóreo, por llamarlo de algún modo, había que desintegrar la materia, o más bien, separar sus moléculas de modo que se expandieran tal y como lo hacen los gases. Imagínense a ustedes mismos pasando de los estados líquido y sólido al estado gaseoso; cada una de sus moléculas flotando en el aire, mezclándose con… No, la idea de mezclarme con quién sabe qué no me sedujo ni una pizca. En el aire hay demasiadas cosas con las que no sería para nada agradable mezclarse, así como hay… otras cosas que por nada del mundo me atrevería a tocar, y seres en los que preferiría no profundizar, si saben a lo que me refiero. Y ni quiero volver a cavilar acerca de la posibilidad de quedar expandido por los siglos de los siglos, imposibilitado de reunirme a mí mismo; o lo que es peor, hacerlo de forma incongruente o incompleta. ¡Qué espanto andar perdiendo trozos de humanidad por ahí! Sería de lo más insólito e insalubre, por no decir repulsivo y suicida. Nomás figúrense extraviar una porción de hígado, un riñón, un trozo de nariz o de un ojo, ni qué hablar de perder masa encefálica…
Con el correr del tiempo concluí que la clave de la invisibilidad no estaba en el mundo de las cosas, sino en el de las no cosas, es decir, en la nada. Estaba pues en esa otra dimensión, paralela a la nuestra, de la que forma parte todo aquello que no tiene explicación.
¿Que a qué me refiero? Nada más ni nada menos que a convertirme, de alguna manera, en una suerte de fantasma.
¿Que si soy un fantasma? ¡Pues claro que no! De ninguna manera, estoy perfectamente, vivo; y cuando digo que he logrado mi meta, lo digo en todos los sentidos habidos y por haber, y eso es porque, de algún modo, he conseguido establecerme en los límites de esas dimensiones a las que hago referencia, pudiendo gozar así de los beneficios que ambas ofrecen.
¿Y de qué me habría servido cruzar por completo al mundo de esas no cosas, si desde allí no habría podido disfrutar del mundo de las cosas? Eso habría equivalido a esconderme, a dejar de ser, y esa no era mi meta. A mí me gusta poder degustar los sabores de las cosas, sentir su tacto, llenarme los pulmones con sus olores, y los oídos con sus sonidos. Desde ese otro mundo, sólo habría podido, quizá, observarlas, en cambio desde la delgada línea que divide a ambos, tengo por añadidura la capacidad de decidir saltar de uno a otro nomás en cuanto me aburra del juego.
¿Y que cómo lo hice? Bueno, de eso no estoy muy seguro; y es que he dado tantas vueltas, que me he desorientado un poco. Sí tengo bien en claro que todo comenzó cuando comprendí que la mano venía por el lado del poder oculto de la mente, y que el quid de la cuestión residía en algo tan de ambos mundos como yo mismo a estas alturas, es decir, en la percepción. Así que primero que nada me planteé volverme invisible ante mí mismo, y me concentré en dejar de verme, día y noche, durante semanas, meses, años… muchos años, ya ni me acuerdo cuantos, seguramente más de lo que cualquiera desearía, pero muchos menos de los que había imaginado después de frustrarme tantas otras veces.
Todos los días me levantaba con esa idea en mente, y la afirmaba con insistencia, murmurándola sólo para mis oídos, para auto convencerme. Porque el primer convencido debía de ser yo. En mis ratos libres me avocaba por entero a la faena, y forzaba la mente y los sentidos hasta quedar exhausto.
Así, por pura cabezonería, una mañana desperté y descubrí que al fin me había vuelto invisible.
Y heme aquí, realizado y feliz, con cinco sentidos orientados hacia todo aquello que me proporciona placer. Parado en medio de de lo que bien podría ser la mismísima nada, caminando sin rumbo, porque tengo todo el tiempo del mundo para estudiar en profundidad cada detalle cuando me da la gana. Percibo la brisa de otoño y no siento el frío porque voy bien abrigado, el olor del azúcar quemada y el sabor de la garrapiñada; percibo también a las personas que pasan a mi lado apenas rozándome en estas veredas angostas y atestadas, y oigo el sonido de sus pasos sobre el pavimento y tramos de sus conversaciones sin hacerlos sentir incómodos; porque ellos no saben, no entienden, no tienen la menor idea…
¡Pero qué caraj…? Algo me está jalando de la manga… ¿Qué clase de animalito sería capaz de hacer tal cosa? Tal vez uno de esos que andan por la vida en rueditas… digo, por lo bajito… ¡Y ahí está otra vez! El chirrido de sus rulemanes oxidados es inconfundible.
—¿Señor, quiere que lo ayude a cruzar?
Ah, me olvidaba: entre seres invisibles, de vez en cuando, sí nos vemos.
Ana.
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