16/07/2007
Torpe...
“Son los problemas de los demás, no los míos”. Así es como me gusta, poder desconectarme de los problemas y ser completamente estúpida por unos instantes, platicar acerca de zonceras y reírme de la nada, como cuando compartíamos “nuestro tiempo”. Extraño ese tiempo de sentarnos frente a la TV a ver programas que no me entusiasmaban, molestarle para que me explicara de qué iba la historia cuando no me interesaba nada más que verle aquella expresión de irritación fingida pintada en la cara… Las escapadas a Reta en invierno, a pescar y a cagarnos de frío porque éramos —y quiero pensar que aún somos un poco así— unos completos insensatos. Hacíamos muchas cosas sin tener una razón y el tiempo era infinito, y enfermarse eran vacaciones con servidumbre cuando el doctor mandaba a alguno de los dos a la cama, y qué si saltábamos frenéticos sobre el colchón con treinta y ocho de fiebre cuando se suponía que estábamos haciendo la tarea, y qué si nos pegábamos al teléfono esa hora religiosamente cuando habíamos estado juntos todo el día en el colegio, y qué si por alguna fuerza peculiar, intangible, no podíamos hacer nada sin que lo supiera el otro…
¿Por qué será que no nos damos cuenta de nada a tiempo?
¿Y por qué carambas me cuesta tanto decírselo a la cara?
Se me ocurre que ha de ser por la misma razón que no nos decimos muchas cosas. ¿Y para qué? No hay una necesidad real de ponerle nombre a estas cosas, ¿o sí?
Baste con que sepa que cuando estamos juntos la inmadurez se nos potencia y me permito ser completamente despreocupada. Que estar en una misma habitación, o en cualquier otro lugar respirando el mismo aire, me libera de esta conciencia perniciosa y me hace sentir que estoy tomando un recreo de la vida… o que por un momento me permito realmente vivir un poco…
Ése, el que me queda… el excepcional… Si pudiera lo guardaría en mi bolsillo y lo llevaría conmigo a todas partes para que me dijera guarangadas al oído cuando se supone que debo poner cara seria, para que esos que le roban las sonrisas cada vez que pueden, esta vez no lo encuentren…
¿Y qué puedo hacer si son tan grandes las ganas que tengo de ponerme a llorar? No era yo quien se suponía que era fuerte… no sé cómo cubrir ese papel. ¿Y qué diría él? Un “tonta, te lo dije”, pero a mí, con toda la arrogancia que me es habitual, simplemente no me sale.
¡Maldita impotencia, yo también lo voy a extrañar! A mí también me hacen falta un regaño y un abrazo, de esos que aflojan el pecho…
Ana.
01:41 Permalink | Comentarios (0) | Email esto


Dejar un comentario