26/03/2006
Lindu lindu lindu!
Había escrito algunas cosas hace tiempo, pero nunca las publiqué… Qué pereza da a veces… incluso conectarse a internet.
Será que el trabajo me tiene de cama, si bien no niego que lo disfruto. Pero también he de reconocer que este fin de semana largo me vino como caído del cielo. El jueves después de mediodía no daba más, y no daba más en serio, si hasta era capaz de quedarme dormida de pie en cualquier rincón. Y para colmo fue uno de esos días sumamente tranquilos en que los jefes ni se aparecen… y, cosa rara, ni siquiera llamaron. Pero sarna con gusto no pica, dicen, y la noche del miércoles rayó en la perfección. Los desencuentros, y los encuentros sobre todo, que el trámite salió redondito.
El Club Ciudad de Buenos Aires no es la gran cosa, el escenario tampoco, pero el espectáculo fue lo que esperaba. Y digo que fue lo que esperaba porque nunca me lo he perdido antes, nada más. Jason Kay sigue siendo un espectáculo en sí mismo cuando sube al escenario, y la banda suena mejor que en cualquier grabación, sin importar que no se trate de los integrantes originales de Jamiroquai. Dos horas sin interrupción y con el ánimo en lo más alto. Esta vez, ni siquiera el acostumbrado “instrumental” de mitad de carrera, y todos —todos— los temas que quería oír, salvo quizá “Seven Days In Sunny June”, pero en compensación “Dynamite” y “Time Won't Wait” fueron magníficos. Sí, magníficos. Y ese fue el ritmo de toooodo el recital. Sí, así de “alto”, así de… ¿frenético? Bueno, esa no es a palabra, aunque sí podría emplearla para describir el final.
Una sola crítica: Muy lindos los coros, pero faltaron los vientos, y en “High Times”, eso se notó.
Rememorando, caímos en la cuenta de que ¡hacía casi siete años que no los íbamos a ver! Que no se repita una espera tan larga, ¡por favor!
¿La compañía? La de siempre, si bien con algunos agregados que resultaron sumamente oportunos, por no decir “convenientes”. Y ese es otro ingrediente que mejoró la noche.
Y una cosa que aprendí bien el miércoles en la noche:
“Si lo buscás, es muy, pero muy difícil que lo encuentres”.
“Las posibilidades de hallar algo, o a alguien, son mucho más elevadas en la medida que no busques nada”.
~ Otro tema ~
Hace tanto que no escribo acá, que se me acumularon un montón de cosas para contar.
Por supuesto, no voy a ponerme a hacer memoria. No tendría ningún sentido. Pero hay ciertos aspectos que no puedo dejar de lado, porque se trata de cosas que me hacen sentir bien.
A fines de 2005, sin ánimo de salir de vacaciones a ningún lado, en parte porque no tenía muchas ganas de estar en compañía de otros seres humanos, en parte porque andaba con un humor extraño por el fin de las actividades de carácter académico, me anoté en un curso de verano para aprender chino mandarín. Por entonces acababa de dejar mi trabajo —me peleé con cierto impresentable miserable al caer en la cuenta de que me es definitivamente imposible dejar mi mal genio en casa cuando voy a trabajar— y andaba buscando algún productivo quehacer… Y todo habría resultado sumamente sencillo si: 1- no hubiera encontrado un trabajo mejor tan rápidamente, y 2- el idioma chino no fuera tan difícil de hablar.
La gramática es todavía más simple que la del japonés —lo que es mucho decir—, pero el sistema de fonética —inventado por los rusos— es un despiole. ¡Y hay tantos acentos distintos! Tonos, mejor dicho… ¡Y tantas vocales! ¡Y tantos sonidos y consonantes que no existen en el castellano ni en ningún otro idioma que hubiera conocido antes…! Y el curso era “acelerado”, por lo que cubrimos el contenido de dos módulos cuatrimestrales en apenas tres meses…
Las clases, fabulosas, de una dinámica encomiable. La profesora, un encanto de persona; china ella, y con un dominio del español viciado de tonos y acentos de su tierra, pero carente de errores gramaticales. El mandarín, como que le tomé “cariño” cuando comenzamos a dejar de lado el sistema de fonética y nos dedicamos a los hánzi (caracteres chinos). Así era mucho más fácil leer y escribir, puedan creerlo ustedes o no.
Un maratón de fin de semana me costó preparar el examen; cosa que nunca antes debí hacer por otro examen de idioma. ¡Y lo aprobé! Estoy lista para el tercer nivel. Pero todavía no lo voy a retomar, porque dentro de diez días comienza el nuevo curso de japonés —que a propósito es mucho más difícil de escribir que el chino, al menos para mí, pero no teman que no me voy a poner a explicar por qué—, y la facultad… ya comenzó.
¡Ah… la facultad…! Me tiene algo —bastante— desilusionada. Es muy desordenada, y yo necesito un mínimo de orden, de organización, para aprender las cosas correctamente y de una vez. Además, se supone que si uno fuera a aprender todo por sí mismo, solito y su alma, ¿para qué carambas queremos a los catedráticos? Las ciencias exactas requieren demostraciones —muchas—, y práctica. La sola presentación, así sin más, de una ecuación cualquiera no me basta para resolver la infinidad de problemas que la vida real presenta. Y es así como me tengo que deslomar para poder aprobar cada cochino examen. Sinceramente, estoy medio harta. La cosa podría ser bastante más simple si se “calentaran” un poco en organizar los cursos como Dios manda.
Y, no. No es que quiera todo servido en bandeja, si no me habría puesto a estudiar cualquier otra cosa en cualquier otra universidad, ¡pero vamos! que confeccionar una guía de trabajos prácticos medianamente decente y resolver un par de ejercicios al final de la clase en vez de hacer recesos de 45 minutos, no es mucho pedir ¿o sí?
Bueno, mejor no sigo porque me desmoralizo y mando a unos cuantos a volar bien lejos.
~ Portugués ~
Ayer, primera clase.
Dinámica de la clase, mmmm… buena; aunque reconozco que por tratarse de la primera “edición” sí colmó mis expectativas.
La profesora me cae muy bien, los compañeros también, con algunas excepciones. Definitivamente, las “viejas” no deben juntarse en clase porque se olvidan del mundo y hablan, y hablan, y hablan, vaya uno a saber de qué, pero que seguro nada tiene que ver con lo que se está explicando en el frente.
Otro punto que me puso un tanto alerta: Tener que trabajar en grupo. De dos personas a Dios gracias, porque organizarse a estas alturas es por demás complicado. Mi compañero parece un tipo “despierto”, si bien ayer se había ido a la clase arrastrando las sábanas y con la almohada adherida a la cabeza… pero ¿qué se le va a hacer? Aún dormido es despierto, así que no voy a apresurar juicios.
Todo sea por cumplir con Fabiano, y por mi empecinamiento en no hacer trampa. Aprenderé a escribir decentemente el portugués o moriré en el intento. Quién sabe.
~ Acerca de la “vida sentimental” ~
Caigo en la cuenta de que cuando ese aspecto de mi vida experimenta algún tipo de “desarrollo”, por decirlo de alguna manera, me muestro completamente reacia a expresarlo, de la forma que sea.
¿Por qué? En una de esas, porque el enamoramiento nos pone lelos y nos roba un tiempo que, a mi entender, es precioso. Y no es que considere que el enamoramiento en sí sea una pérdida de tiempo, sino todo lo contrario, puesto que es un estado agradable, lo reconozco, y del que me gusta disfrutar, pero que nos lleva más tiempo del que debería.
Divago… y me siento necesaria para esa otra persona. ¿O será que esa otra persona me hace sentir que me necesita? Bueno, da igual. El caso es que después una reacciona, se despierta un poco y cae en la cuenta de que ¿cómo carambas se las arreglaba esa otra persona antes de conocernos? Seguramente era capaz de respirar, de comer, de dormir, de vestirse y de ir a todas partes solito, o con cualquier otra persona, sin que yo estuviera ahí con él. ¿Cierto?
Cuando pongo sobre la mesa que sigo siendo un individuo, y que tengo conciencia de no ser indispensable para la vida de nadie, es cuando todo comienza a decaer. ¡Qué fea es esa dependencia! ¡Me exaspera!
Sí, si escribiera acerca de lo que me pasa por la cabeza cuando me enamoro, sin duda me dedicaría a copiar y pegar. ¿Y qué sentido tendría contar las veces que siento que me asfixio?
Llevo una semana entera con el celular apagado. De vacaciones, como quien dice. Se suponía que ayer iba yo a llamar… Se suponía. Lo que llevo encontrando en el contestador desde el martes me ha hecho cambiar de planes… Otra vez.
Ana.
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