31/08/2005
Una coincidencia...
(…)
¿Acabará la vulgaridad por cubrir el mundo con su manto monstruoso? Es en tío Emiliano en quien sigo pensando. Claro que he conocido mucha otra gente vulgar, ¡pero es que ésos no eran parientes, carajo! Tío Emiliano era hermano de mi padre. La misma sangre que (¡vaya frase vulgar!) la que corre por mis venas. ¡Cómo no he de sentirme dolido!
Tío Emiliano erigió su imperio de vulgaridad con el beneplácito de una democrática clientela, que las pasiones mezquinas son muy bien acogidas por los paladares plebeyos. Cualquiera diría que este chico es hijo de marqueses, solía exclamar mi madre cuando me oía. Y tenía razón la pobre, porque tal vez quedaba ridículo que el hijo de la portera hablara de modo semejante, quedaba como esos aspavientos con que quieren presumir de finos los de medio pelo que han ascendido a la clase media desde los abismos del proletariado. Pero yo no pretendía fingir finura, que esa actitud es también bastante hortera y de medio pelo. Bueno, sí, un poco sí quería quedar bien ante Teresa, en la época en que estaba muy enamorado. Pero sólo porque entonces ella me tenía encoñado, como suele decirse vulgarmente. Sin embargo, mi odio contra toda esa chabacanería medioambiental no era puro jarabe de pico; era muy auténtico, y fue movido por ese sentimiento —cuya etiología desconozco— por lo que prendí fuego a las mueblerías del barrio del Sagrado Corazón y me dediqué a romper cristales de coches que ostentaban pegatinas de espanto, como por ejemplo “I mi perro”. El espectáculo del mundo cubriéndose de fealdad me ponía frenético, y las mueblerías del barrio del Sagrado Corazón exhibían en sus escaparates unos juegos de dormitorio, living y comedor, todos supuestamente modernos, todos de aglomerado contrachapado, que resultaban francamente insultantes. Yo imaginaba a esas miles y cientos de miles de parejas de novios —pobrecitos ellos— de la clase media baja, extáticos ante las vitrinas los imaginaba, tomados por la cintura y diciéndose cosas como mirá qué cama tan mona, cariño, ¿no te hace ilusión? (y, sin embargo, de la mano de mi desprecio bajaba —bajaba está bien dicho: bajaba desde el cerebro hasta la más baja de las vísceras— una poderosa corriente de excitación que endurecía mi miembro) y, me los imaginaba, asimismo, con muchos años más encima, ya gordos, resignados y exhaustos y desprovistos de aquella antigua y barata ilusión, echados sobre esa misma cama a la hora de dormir, un domingo por la noche… hasta podía oler las emanaciones de los cuerpos y todos los pestazos de esos apartamentos de cuarenta y cinco metros cuadrados que se compran a veinte años con la ayuda del banco (todo se para contribuir a la formación de las familias, de los pueblos, de las naciones, de la humanidad toda). Bueno, y qué tenía que importarme a mí el gusto de los otros. Es que lo que me molestaba era la impúdica exhibición de tanta porquería que después de llamó kitch, me sentía agredido. Mis atentados fueron pura autodefensa. Estopa empapada en gasolina, mucha estopa contra el bastidor de madera de los cristales de esas tiendas infames. Una cerilla justiciera, y la belleza del fuego se comía toda aquella fealdad. Es fácil, muy fácil, pero cuando se lo conté a Carmen, mi enfermera; Carmen, mi amante (en tiempos idos), ella tardó en creerme.
Siempre actué durante horas nocturnas y solitarias; nunca se supo quién fue (bueno, al final lo supo Carmen). Y ahora, al recordarlo, pienso que en aquella época acaso estaba un poco loco. Pero, en fin, sólo tenía veinte años. Actualmente ya no haría cosas semejantes, claro… Pero aún evoco mi rabia ante la vista de los muebles y ante la lectura de las pegatinas, así que no me arrepiento. También es cierto que gozaba con mi doble identidad, pues mi conducta diurna jamás hubiera permitid sospechar que había en mí una suerte de mister Hyde, y gracias a aquellas travesuras descubrí que una personalidad levemente disociada proporciona un grato sentimiento de libertad. De todos modos, nunca quemé una tienda del tío Emiliano: debo reconocer que le tenía algún cariño y bastante agradecimiento, aunque fuera un poco cerdo.
(…)
Fragmento del capítulo tercero de “La casa de Patrick Childers” de Lázaro Covadlo – 1999.
A propósito del caso este del incendiario que anda por a ciudad de Buenos Aires quemando mueblerías y colchonerías… No pude evitar recordar este pasaje…
Ana.
17:08 Permalink | Comentarios (0) | Email esto
19/08/2005
¡Otra vez F1...!
¡Waaaaa…! ¡Casi se me pasa! Este fin de semana se corre el GP de Turquía. ^__^ Ya estaba extrañando las carreras.
Aprovecho la ocasión para declararme acérrima enemiga de Fernando Alonso… aunque no sé realmente por qué. De todos modos lo agrego a la lista de indeseables encabezando la lista y seguido de cerca por David Coulthard, Eddie Irvine, Gastón Mazzacane, Tortuga Tuero (o el rey de las colas), Jacques Villeneuve y Tarso Marques (a este último, ni idea tengo de porqué lo odio tanto, pero, en fin…). Con respecto a Montoya… ya no lo odio como antes…
¡Este año tiene que ser el año de Kimi Raikkonen, si señor!
Y ya que estamos: ¡Animos para el chiquitín Takuma Sato!... ¿por qué no?
Ana.
20:27 Permalink | Comentarios (0) | Email esto
Vita in ordine... o in disordine
Ajajaja… no sé cómo sentirme… Tengo un trabajo que está bueno, que me gusta, en dónde me toca pasar horas y horas en compañía de gente que no pelea, que no molesta, que no compite entre sí sino que tira toda para el mismo lado… pero por el que me pagan muy mal. T_T
No me importa, afortunadamente puedo decir que no me hace verdadera falta, y mientras siga habiendo allí algo que aprender… no me pienso quejar ni por asomo.
Por otro lado, estoy peleada a muerte con la facultad y con todos esos profesores que me hacen perder el tiempo esperando la carroza. Una clase que se supone debe comenzar a las 18:00, me obliga a llegar por lo menos a las 17:30 para conquistar un asiento en la primera o segunda fila del salón —si me quedo más atrás, entre mi escaso metro sesenta y las moles que son mis compañeritos de clase, me quedo sin poder ver el pizarrón—, y luego el profesor llega muy pancho a eso de las 18:15, para recién dar inicio a la clase diez o quince minutos después. Luego, una hora y media después, nos “otorga” un receso, que se supone no debe extenderse por más de diez minutos y que siempre acaba durando entre veinte minutos y media hora; luego, otros diez o quince minutos más hasta volver a ordenarnos y retomar la “función”, y finalmente, como hemos perdido tanto tiempo, en vez de acabar a las 22:00, como se espera, salimos siempre después de las diez y media.
Y ese es otro punto que me hace sentir vieja… O será nomás que detesto que los demás decidan qué tengo que hacer con mi tiempo libre. Algunos cuando lo digo quieren matarme, pero la verdad es que prefiero infinitamente soportar cuatro horas de clase de corrido, y no andar “boludeando” por ahí de a ratitos. Y no, no me divierte eso de desconectarme a cada rato; no cuando últimamente me cuesta tanto concentrarme en cualquier cosa.
Tengo la cabeza volando por quién sabe dónde, haciendo planes… El otro día se me ocurrió que estaría bárbaro aprender a maniobrar una jumbo-excavadora… No me sorprende que me miren raro, porque saben que lo dije en serio, y que de alguna manera me las voy a arreglar para aprender eso, y unos cuántos despropósitos más, pero sí me pone a pensar, porque ¿de qué me serviría todo eso? Muy posiblemente, de nada. Sin embargo no quiero sentirme desilusionada, puesto que siempre puedo convertirme en una marginal y salir a vagar por el mundo, como toda una persona de esas que “saben mucho de todo y todo de nada”.
Hace dos semanas uno de los inquilinos de mis viejos rescindió contrato y desocupó uno de los departamentos. Como siempre me ocupé de pasar revista al inmueble… y resultó que me encontré con una tapa de luz quebrada, así que la quité para cambiarla y, ¡oh, qué vieron mis ojos? Unos lindos cables de tela más viejos Matusalén… Me pasé el resto de la tarde y la mañana siguiente quitándolos todos y reemplazándolos por nuevos… (No me pasó inadvertida la cara con que me miró mi papá, una mezcla entre “¿ya terminaste, tan rápido?” y “¿te sentís mal, te llevo al médico?”).
Sí, estoy mal. Y sé que no me conviene pregonar que la pasé de lo más bien, porque ya hago esas cosas sin pensar; escuchando música, tranquila, sin interrupciones… Por otro lado, mi trabajo nada tiene que ver con eso, sino con liquidar impuesto de todo tipo… y también me gusta… En fin, que si tuviera que dedicarme a hacer una única y específica tarea, me sentiría ahogada y mandaría todo al caño a las patadas limpias.
~ Otro tema ~
Acabo de leer “Matando enanos a garrotazos” (por segunda vez), de Alberto Laiseca. Me divirtió mucho esa lectura. Hay mucho del autor en las expresiones, en el cinismo. Y me pasó algo muy raro y muy lindo a la vez, mientras leía, casi podía verlo y oírlo a Don Alberto narrando él mismo las historias.
Eso sí, debo decir que algunos de los cuentos no son aptos para estómagos sensibles, ni para aquellos que se horrorizan con el humor negro.
Para el verano ya le reservé turno a “Los Soria” (y sí, admito que el estilo se me ha vuelto adicción).
Anoche comencé con “Remington Rand” (¡al fin!) de mi estimadísimo Lázaro Covadlo… Tengo un problema con este autor, y es que me gusta mucho, muchísimo, pero me cuesta horrores conseguir sus obras, puesto que no son lo suficientemente populares en Argentina. T_T Será que tendré que salir de pesquisa por el Parque Rivadavia, a ver si tengo más suerte con los libros usados.
Y en cuanto a la producción personal, ya casi acabo con el penúltimo capítulo de UDI, mal que me pese. —¿Se nota que duermo poco, poquísimo, últimamente?—. Me han dicho, que para lograr hacer cosas en la vida, hay que convertirse en un verdadero ladrón de tiempo; lamentablemente, yo apenas puedo robárselo al sueño… Y no es que me pese, ni me queje, pues se me ha vuelto inevitable, y he de admitir también, que disfruto cada minuto cien veces más que cuando estoy dormida…
Hace cosa de dos o tres noches, soñé que mantenía una larga y amistosa conversación con cierto personaje al que odio bien a conciencia; fue raro… y desagradable. Los buenos modales (irreprochables según toda persona de más de cincuenta años que se cruza por mi camino) que empleo en mi vida cotidiana con todo mundo, no pueden llegar a tales extremos, ¿o sí?
Cada vez resulta ser más cierto esto de que me desahogo por casi cualquier medio, menos con la palabra hablada, y me está empezando a preocupar el asunto, porque cuando uno se muestra tolerante, los desagradables no pierden oportunidad de aprovecharse de la aparente falta de carácter… ¿o será que en verdad me falta carácter para mandar al fin del mundo a unos cuantos indeseables…? Ya me habían dicho alguna vez que esquivo demasiado los enfrentamientos. Lo que pasa es que, en mi subconsciente, ir por la vida peleando se me hace de seres muy poco pensantes.
~ Otro tema ~
Toda una semana de marchas de protesta, piqueteros acampando en la Plaza de Mayo, mugre por todas partes, fogones improvisados en el césped, humores y hedores fétidos… calles cortadas, paros en los hospitales, caos vehicular… Por suerte no tuve que cruzar esa pobre plaza en toda la semana; ya con ver por televisión el estado en que se halla, me dan ganas de llorar.
Otro hecho indignante que vi por televisión: La resistencia de los colonos israelíes a dejar la Franja de Gaza. ¿Saben qué? Sí me dan pena todas esas personas que tienen que dejarlo todo, pero en el fondo comulgo con la causa palestina, si bien no justifico sus métodos. ¿Y quiénes son los responsables de la actual situación de los colonos israelíes? Pues el propio gobierno de Israel, así como también la comunidad internacional (de más estaría aclarar a qué sector hago referencia con la expresión comunidad internacional, ¿cierto?), que los alentaron a asentarse (por no decir usurpar) en un territorio que de antemano era sabido se trataba de una zona de conflicto.
Y ahora, aunque voy a generalizar, quiero aclarar que sólo se trata de un mero recurso de redacción, puesto que mantengo amistad con personas de muy variadas inclinaciones religiosas que no se incluyen en el siguiente “paquete”: ¿Por qué ciertas comunidades se aferran tanto a una imagen de víctimas? Y lo que es más importante, ¿porqué las alentamos? ¿Por qué, de un modo u otro, lo aceptamos? Yo me niego a aceptarlo. Los alemanes asesinaron a un montón de judíos, sí, ¿y qué? Los estadounidenses asesinaron a un montón de japoneses con dos bombas atómicas y nadie anda persiguiendo a sus criminales de guerra. ¿Y con los aborígenes americanos qué? ¿Porqué matar a un soldado británico, español, estadounidense, italiano, etc., etc., etc., constituye un episodio de puro horror, y bombardear —disque por un error de estrategia— a civiles iraquíes no debe dolerle a nadie? ¿Y qué carambas es eso del Eje del mal?
No me voy a sorprender cuando, un día cualquiera, me levante y lea por ahí que cierto país de Oriente saludó a nuestros vecinos del norte con una lluvia radioactiva o algo por el estilo. No señor, ni me voy a horrorizar. Porque, ¿de qué me valdría? En una de esas es lo que le anda haciendo falta al mundo, borrón y cuenta nueva, tal y como en el cuento ese del tipo que concluyó que para alcanzar la invisibilidad absoluta, era preciso invisibilizar al mundo entero… (Si no lo han leído, nomás me piden las señas ^_^).
Y ahora, como sé que me estoy yendo mucho por las ramas, mejor me despido.
Ana.
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